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¡Que alguien nos proteja de la discapacidad!

Está visto que en esto de normalizar

 la discapacidad vamos un pasito para adelante y un pasito para atrás. Ahora se le ha ocurrido intervenir a la DGT, y no se trata de la Dirección General de Trabajo para mejorar el cumplimiento de la LISMI. Se trata de la Dirección General de Tráfico y tampoco lo hace para facilitar la vida de las personas con discapacidad, sino para proteger a la ciudadanía de las personas que necesitan la ayuda de un vehículo motorizado para sus desplazamientos habituales.

Parece una broma, pero no lo es. La instrucción 16/V-124 de la Subdirección General de Gestión de la Movilidad de la Dirección General de Tráfico, Ministerio del Interior, se dedica a librarnos de los riesgos que, para la seguridad vial, entrañan los vehículos de movilidad personal (VMP). Según este documento, el lugar natural por el que deben circular esta suerte de artefactos no es otro que la calzada, salvo que disponga lo contrario el municipio en cuestión.

Y no es que no existan problemas derivados de un uso inapropiado de estos VMP, que los hay, pero no alcanzo a entender que la solución pase por la segregación de quien se ve obligado a recurrir a estas ayudas para moverse con libertad. Una sociedad inclusiva pasa por favorecer la convivencia de quienes se mueven caminando y quienes lo hacen auxiliados por estos benditos ingenios, no por castigar a los diferentes para proteger a los normales. ¿Han pensado que una persona con movilidad reducida también tiene derecho a pasear con su pareja o sus hijos?

Desafortunadamente estamos acostumbrados a este tipo de medidas. Es común castigar a la gente de bien por el abuso de algunos. Como un imprudente quemó el bosque en Guadalajara hace unos años, el resto tiene prohibido hacer barbacoas en verano; como algunos hicieron mal uso de las subvenciones para enriquecerse, acabamos con las subvenciones; como algunos no pagan IVA, subimos el tipo a todos para alcanzar la recaudación necesaria. A falta de soluciones, ponemos parches.

Menos mal que en España las normas generalmente se incumplen sistemáticamente y en la práctica nada o muy poco habrá de cambiar al respecto, pero parece que en lugar de avanzar, retrocedemos.

El largo camino de la responsabilidad social

Hace unos días asistí a un foro en el que se hablaba de rentabilidad social y compatibilidad o no con la rentabilidad financiera en las empresas. No se trata de un planteamiento nuevo, más bien es una formulación retórica entre la comunidad empresarial que ocupa posiciones de liderazgo. Ahora bien –y me quedó muy claro-, todavía existe mucho despiste y mucho camino por andar.

El marco era el plenario de Focus Pyme y Emprendimiento, un encuentro de carácter autonómico que en esta ocasión recalaba en Alicante; en la mesa (más bien en las sillas), algún político, algún periodista estrella internacional en diferido, algún economista español de éxito mediático, una líder europea del asociacionismo para el desarrollo regional y un empresario, Adolfo Utor,  presidente de Baleària; moderando, la extraordinaria periodista Lola Torrent.

Por la parte política se ensalzó -hasta el punto de confundir al auditorio- la economía social, el cooperativismo, dando a entender que era casi la única fórmula de responsabilidad social. El protagonista, no obstante, era Adolfo Utor, que mostró, desde una convicción convincente, que la rentabilidad financiera no era el parámetro que describía el éxito de su compañía, sino que debía ir acompañada de la mejora ambiental y social. La responsabilidad social es parte del modelo de negocio, condición sine qua non. Con tanta pasión se expresó, que el economista mediático, en su incredulidad, llegó a plantearse si tan clara postura se mantendría en caso de temblara la cuenta de resultados unos trimestres. Lamentablemente esa es la posición de muchos, creer que es un extra, un no saber qué hacer con el dinero que sobra mientras sobra.

Camino a casa, me traje algunas reflexiones:

  1. Ya es hora de asumir que la rentabilidad, o es sostenible y social, o no es tal. De hecho, una rentabilidad económica que no considere la parte social o ambiental sólo puede denominarse enriquecimiento especulativo. Ya aprendimos que eso tiene efectos muy nocivos para todos.
  2. Si las empresas más potentes en el ámbito internacional y español, además de generar riqueza económica suman también valor ambiental y social, debe ser que es positivo para la compañía. ¿Por qué somos capaces de imitar sus estrategias de marketing y no las de responsabilidad social si lo que queremos es alcanzar sus éxitos?
  3. Ya está bien de identificar responsabilidad social con filantropía o bonhomía. Gastar unos cuartos en hacer una gala benéfica no es malo, pero no tiene (casi) nada que ver con esto. Si contamino el mar y luego hago una donación para paliar el hambre de los pescadores será una broma de mal gusto, no responsabilidad social. Esto ha de estar en la estrategia de cada empresa, no en el corazón del empresario.
  4. Para que esta cuestión llegue a las pymes, hace falta que el empresariado cuente con estructuras y presupuesto que permitan avanzar hacia un modelo económico basado en la sostenibilidad. Es una inversión rentable, pero está fuera del alcance de los pequeños sin el empujón necesario.
  5. El consumidor también debe madurar. Hay que conseguir que se diferencie un producto o servicio de otro por lo que tiene detrás. Compramos mirando sólo el precio, pero luego nos quejamos de que tenemos salarios bajos. Informémonos y pongamos límites.

Mi impresión es que el camino es largo, pero va en la dirección correcta. Lo que no me esperaba después de diez años trabajando en responsabilidad social es que el patio estuviera tan verde. Habrá que seguir predicando.

A por una Ley de Fomento de la Responsabilidad Social

Está actualmente abierto el proceso de participación en torno a una futura Ley de la Generalitat para el Fomento de la Responsabilidad Social, en el que el punto de partida es un documento borrador que servirá de base para el proyecto de ley que se elevará a las cortes valencianas.

Es sin duda un momento acertado para hacerlo. La economía de guerra a la que han estado sometidas empresas y administraciones y que ha actuado como búnker de aislamiento, deja ya resquicios por donde entra la luz y podemos ver más allá de cuentas de resultado que hincan su flecha en el subsuelo, destrucción de empleo y sálvense quienes puedan.

El papel de las administraciones públicas en el fomento de la responsabilidad social está reconocido en el ámbito de la Unión Europea, así como en la Estrategia Española de Responsabilidad Social de las Empresas y en multitud de publicaciones científicas y de otro tipo. Es bastante completo el informe al respecto que el Observatorio de Responsabilidad Social Corporativa recientemente ha hecho público.

La ciudadanía y la exangüe sociedad civil valenciana tienen la oportunidad de sumarse a este proceso y contribuir a mejorar un borrador que sin duda tiene margen para hacerlo. Una norma de estas características puede convertirse en un valioso instrumento para la mejora de la competitividad si se alcanza el consenso y equilibrio necesarios, si pisa suelo y se ajusta a la realidad productiva y social de la Comunitat. No se trata de imponer un modelo de empresa, pero sí de estimular la apuesta estratégica por la mejora económica, social y ambiental. En nuestro caso, además, este texto afronta el reto de poder convertirse en la primera norma sobre la materia que alcance una utilidad real, habida cuenta de los fallidos intentos anteriores. Ánimo pues a todos, promotores y administrados. Nos va mucho en ello.

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) también son cosa tuya

El día a día nos hace centrarnos en lo urgente y muchas veces perdemos de vista cuestiones verdaderamente importantes pero que se antojan lejanas o, al menos, demorables ─Primum vivere deinde philosophari─ . Por eso conviene, siquiera sea de vez en cuando, alejarse del suelo y ascender hasta vernos desde arriba, rodeados por nuestro entorno, como piezas del engranaje del que en realidad formamos parte .

Cuando en septiemb

re de 2015 la Cumbre para el Desarrollo Sostenible aprobó la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, los medios de comunicación se hicieron eco del hito y por unos días resonó en la sociedad una voz de optimismo y solidaridad. Los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) habían de poner fin a la pobreza, luchar contra la desigualdad y la injusticia y hacer frente al cambio climático. Se trata de un reto importante, global y a largo plazo, nos conmueve y estamos de acuerdo, pero lo percibimos como fuera de nuestro alcance y de nuestro campo de actuación. Nos alegraremos de que se alcancen los ODS y pediremos a nuestros gobernantes que se impliquen en ello.

Efectivamente, nosotros no podemos cambiar el mundo, pero siendo realistas, tampoco lo puede cambiar una gran empresa o un solo Estado. Los ODS son ambiciosos y requieren también nuestra colaboración.

Por fortuna, los principios que son válidos para el desarrollo sostenible a escala mundial también lo son para que nuestro negocio tenga un futuro más esperanzador. Aprovecha la hoja de ruta del planeta para definir la tuya. Si crees que no es urgente preocuparte por la igualdad en tu empresa, o medir y dar a conocer el impacto de tu actividad en el medio ambiente o en la sociedad, hoy estás un paso más alejado de lo que los demás esperan de ti. En cambio, si decides formar parte de la solución y no del problema, estás a tiempo de hacerlo,  de mejorar tu posición social y estratégica.

El proceso no es complejo, aunque sí requiere un poco de dedicación. Para ponerlo más sencillo, es muy útil la guía que han desarrollado el World Business Council for Sustainable Development (WBCSD), UN Global Compact y el Global Reporting Initiative (GRI).

Campaña «Trabajos saludables en cada edad»

 

Hace apenas unos días, la Agencia Europea de Seguridad y Salud en el Trabajo ha puesto en marcha la campaña 2016-2017 Trabajos saludables en cada edad. Como sabéis, esta agencia propone anualmente un tema sobre prevención de riesgos laborales e invita a empresas y trabajadores a sumarse a ella compartiendo el interés por divulgar los materiales que se elaboran para ello.

En esta ocasión le toca el turno a un tema ciertamente necesario, el trabajo sostenible y el envejecimiento saludable desde el inicio de la vida laboral y a lo largo de toda la carrera profesional de los trabajadores. Se trata de un aspecto muchas veces olvidado o, al menos, obviado por culpa de lo cotidiano, lo urgente o lo más grave. Y es que estamos ante una cuestión de largo plazo, colectiva y en la que la responsabilidad se diluye. Es al fin no sólo una cuestión de prevención de riesgos laborales, sino también de responsabilidad social. Si somos permisivos con determinadas situaciones y no actuamos en beneficio de la seguridad y salud cada día, estamos dando lugar a un perjuicio colectivo que puede volverse contra nosotros mismos.

Pero es que, además, podemos llegar a un enfoque más afinado y afirmar que los trabajadores con mejor salud son más productivos, tienen menos bajas laborales. Como tantas veces, no se trata de llevar a cabo grandes inversiones, sino de mantener un espíritu preventivo latente que impregne el buen hacer en el seno de la empresa.

Os dejo los enlaces más relevantes de la campaña:

Más información sobre la nueva campaña

Consulte la guía electrónica sobre la gestión de la seguridad y la salud en el trabajo en el marco del envejecimiento de la población activa

Vea el vídeo de presentación de la campaña

 

Trabajo y diversión, ¿antagónicos o imprescindibles?

El 1 de abril se celebra, cada vez por parte de más adeptos, el día de la diversión en el trabajo. Hay quien piensa que se trata de una iniciativa un tanto snob, un capricho de multinacional tecnológica o simplemente una manera de perder el tiempo. Sin duda tiene algo de provocación, ya que desde aquel Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado en el Génesis 3:19, parece admitido que el sufrimiento es consustancial al trabajo y además lo es a perpetuidad, pero hay razones para, al menos, la reflexión.

Por fortuna, algo ha llovido desde que se redactara la Biblia y algo hemos aprendido sobre prevención de riesgos laborales y sobre productividad. La diversión en el trabajo es el epítome de una percepción del trabajo basada en el conocimiento del comportamiento humano y sustentada en valores empresariales de un presente con futuro.

Los beneficios de la diversión —sí, reir con ganas, carcajear, gozar de la hilaridad, cultivar el sentido del  humor— son tangibles, están estudiados, refrendados por investigaciones científicas. Está comprobado que ayuda a mejorar el clima laboral, ya que contribuye a cohesionar los equipos humanos, mejora la comunicación interna, favorece la creatividad y la innovación. En términos de prevención de riesgos laborales, aleja las patologías psicosociales, previene el estrés y da lugar a entornos de trabajo saludables. Es en última instancia una potente herramienta de productividad, mejora la motivación y se transmite a las relaciones con proveedores y clientes.

No es sin embargo el bálsamo de Fierabrás. Celebrar el día de la diversión en el trabajo tiene sentido y eficacia siempre y cuando los deberes estén hechos y sea una efemédide coherente. De poco sirve proponer a tu plantilla una sesión de risoterapia si es política de la casa tener contratos a tiempo parcial y jornadas más que completas; si tenemos un conflicto abierto por el agresivo estilo de mando de nuestro jefe de planta, no hagamos bormas encima. Ahora bien, si ya hemos transitado por la prevención de riesgos laborales, por los entornos de trabajo saludables o asumimos la responsabilidad social empresarial como parte de nuestra esencia, esta guinda puede aportar un impulso más hacia el futuro.

Los descreídos pueden pensar que se trata de un invento más,  pero estoy seguro que de aquí a cinco años las empresas que celebran el día de la diversión seguirán abiertas, mientras que quienes juegan a la lotería del abuso estarán fuera del mercado o el menos en el mismo fango que hoy. ¡Tú decides !

Coca-Cola es así

Ese era el estribillo de uno de los anuncios de la centenaria marca de refrescos, que se repetía machaconamente para incitarnos a tomar una Coca-Cola en cada momento y así ser felices. El argumento es sencillo, simple y quizás excesivo. Sería fabuloso que la ingesta de una bebida, muy refrescante, eso sí, nos proporcionara la placidez instantánea, “la chispa de la vida” nada menos. En fin, se trata de publicidad y por tanto todo es imaginable si se trata de llegar al alma del consumidor.

Lo cierto es que de una manera constante, a lo largo de décadas, Coca-Cola ha convivido con nosotros. Generación tras generación, la bebida de cola por excelencia (sobre todo en España) ha estado siempre en nuestras neveras, en nuestros bares y en nuestras fiestas. Es parte de nuestras vidas, está en nuestra cultura gastronómica y ostenta una posición de privilegio en el mercado como ninguna otra marca de bebidas.

Los consumidores sostenemos ese imperio y abonamos religiosamente el dinero que cuesta cada botella negra con su etiqueta roja. A cambio disfrutamos de su exclusivo sabor y recibimos nuestra porción de felicidad.

La marca, en concordancia con su imagen, ha desarrollado una política de sostenibilidad bien definida, asentada en los valores que transmite y lidera una serie de iniciativas que van más allá de lo obligado. Son defensores de los derechos humanos, participan en el Global Compact de Naciones Unidas y forman parte de la Labor and Employee Relations Network, tanto en EEUU como en Europa, entre otras organizaciones. Publican una memoria de sostenibilidad de acuerdo con GRI y se preocupan de que sus embotelladoras y socios comerciales participen de sus principios y los apliquen.

Hasta ahí todo bien. De una compañía como ésta se espera que sea ejemplar. Y hemos de decir que a lo largo de los años hemos podido percibir una razonable coherencia con el mensaje.

Ahora bien, el último episodio conocido a escala local (España es un puntito más en el mapamundi de Coca-Cola), nos tiene a todos despistados. ¿Será posible que, con la que está cayendo, cierren unas cuantas plantas sólo para mejorar su rentabilidad?.

Quizás los estrategas de la marca prevean la aparición de nuevos competidores en el mercado de las bebidas de cola, lo que les obliga a reducir costes de forma anticipada. Ya se sabe, más vale prevenir… Mi sensación desde luego no es esa.

Unas factorías que no han tenido ningún ejercicio con pérdidas se acogen a una medida drástica en un entorno económico y social más que complicado. El caso es que esta decisión es difícil de explicar a los consumidores. Coca-Cola es un poco como los estados, las iglesias, el movimiento olímpico o la Cruz Roja, un ente que excede con mucho la idea de una empresa, más si pensamos en nuestras características pymes. Es multinacional, multicultural, multiétnica y perenne en el tiempo, siempre está ahí con su sonrisa. Pero ahora se evidencia una falta de concordancia entre la imagen que proyecta y la realidad desnuda.

A mi modo de ver hay algunas razones para no compartir su decisión, entre otras:

  • Cerrar plantas embotelladoras y deshacerse de sus plantillas para concentrar la producción y optimizar el rendimiento económico es legal, pero sólo eso. El ir más allá propio de los principios que abandera parece que se ha esfumado por el camino.
  • Es difícil concebir que la compañía lleve a cabo programas voluntarios de apoyo a colectivos desfavorecidos al mismo tiempo que envía al desempleo a cientos de sus propios trabajadores en un país en el que el paro se ha convertido en una forma de exclusión social.
  • El beneficio económico (reducción de coste salarial menos pérdida de imagen) no compensa el coste social (desempleo directo e indirecto) y ambiental (los refrescos tendrán que recorrer largas distancias desde las factorías donde se producirán hasta los lugares de consumo) que se generará.

Por último, no debemos olvidar las tendencias en los hábitos de los consumidores, algo que seguro que conocen los responsables de la firma. Más allá de qué tipo de bebidas consumiremos (sus propias bebidas son su mayor competencia), hay otro factor que está evolucionando muy rápido. Según el cuarto informe El Ciudadano español y la Responsabilidad Corporativa, elaborado por la Fundación Adecco, en tan solo un año han pasado del 29,3% al 47% los consumidores que han dejado de comprar algún producto o servicio por vulnerar algún Derecho Fundamental o no ser respetuoso con el medio ambiente.

Espero que reconsideren su decisión y escuchen a dos de sus grupos de interés más cercanos: sus trabajadores y sus clientes. Rectificar es de sabios.

Ética para salir de la crisis

A estas alturas es de sobra conocido el origen y las causas de la crisis económica, así como la crudeza y hondura de las consecuencias sociales de la misma. Una de las pocas esperanzas que edulcora esta colectiva travesía del desierto es que bases sobre las que se asiente la recuperación impidan que la sociedad caiga de nuevo en un proceso tan devastador. Al igual que si de un proceso bélico se tratara, las víctimas necesitan el consuelo de creer que un mundo mejor es posible. Leer más

Turismo sostenible, turista responsable

Va acabando agosto, periodo de descanso por excelencia, y muchos ciudadanos hemos ejercido de turistas durante unos días. Hemos dejado momentáneamente nuestros lugares de residencia habitual y experimentado destinos, alojamientos, oferta de ocio y gastronómica.

Conviene que no perdamos de vista que la actividad turística, tan placentera en lo individual y económicamente esencial para los destinos vacacionales, también es generadora de impactos en el territorio, como cada paso que damos los humanos. La gestión de los espacios turísticos ha de velar por el mantenimiento de los atractivos propios de los mismos, evitar su deterioro, la pérdida de identidad y lograr que sean competitivos sobre la base de sus valores diferenciales, activando los elementos de su patrimonio cultural, natural y etnográfico de forma respetuosa y con las miras puestas en el medio y largo plazo. Leer más