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Ética para salir de la crisis

A estas alturas es de sobra conocido el origen y las causas de la crisis económica, así como la crudeza y hondura de las consecuencias sociales de la misma. Una de las pocas esperanzas que edulcora esta colectiva travesía del desierto es que bases sobre las que se asiente la recuperación impidan que la sociedad caiga de nuevo en un proceso tan devastador. Al igual que si de un proceso bélico se tratara, las víctimas necesitan el consuelo de creer que un mundo mejor es posible.

A la vista está que las personas y organizaciones que forman parte de nuestra sociedad no mutan de forma espontánea y devienen en justas y responsables sin un proceso  transformador compartido que remueva los pilares de nuestras creencias y necesidades.

El filósofo José Antonio Marina ha enunciado recientemente una “Ley del progreso ético/político de la humanidad” motivado por comprender mejor la etiología y evolución de los recientes movimientos sociales y políticos de la Primavera Árabe. Se trata de un aserto empírico sobre el avance de las sociedades, y sensu contrario, la constatación de las trabas que lo limitan. Reza así: “Cuando se eliminan cinco obstáculos –la miseria, la ignorancia, el dogmatismo, el miedo al poder y el resentimiento-, las sociedades evolucionan espontáneamente hacia regímenes democráticos, respetuosos con las garantías jurídicas y los derechos individuales”.  Al tratarse de una ley universal, podemos evidenciar su validez aplicándola a cualquier momento pasado, pero también a las distintas realidades políticas del mundo actual. Sin duda los regímenes dictatoriales no permiten despejar los obstáculos que menciona Marina, pero tampoco la democracia es una garantía de progreso per se.

El contexto socioeconómico actual, a mi modo de ver, ha acrecentado algunos de los obstáculos –confiemos que no de forma permanente-, en tanto que es mayor la miseria, la capacidad de vencer la ignorancia se limita y existe un resentimiento contra todo lo que parece que puede estar en el origen de nuestros males. A pesar de ello, algunas señales estimulan la  esperanza. Además de digerir la escalada de recortes aplicada por nuestros gobernantes con una dosis de indignación y otra de resignación, parece que más allá del resentimiento se afianza la idea de que es necesario fijar unos criterios éticos que modulen la acción política más allá del respaldo democrático de la misma. Asimismo no queremos que las cuentas de resultados de las compañías presenten balances positivos a costa de olvidar principios ambientales o sociales.

Esta convicción lleva al ciudadano-consumidor a asumir su responsabilidad en la solución del problema, pero también a ser exigente con el resto de partes interesadas. Es ilustrativa la imagen que acompaña este artículo, en los alrededores de la ciudad de Valencia, que trasciende la queja o denuncia gruesa, proclama una creencia y llama a la acción individual. La suma de esas acciones individuales y de las llevadas a cabo por parte de las organizaciones ofrecerá sin duda perspectivas de progreso sostenibles y duraderas. Al menos es mi esperanza.   

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