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Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) también son cosa tuya

El día a día nos hace centrarnos en lo urgente y muchas veces perdemos de vista cuestiones verdaderamente importantes pero que se antojan lejanas o, al menos, demorables ─Primum vivere deinde philosophari─ . Por eso conviene, siquiera sea de vez en cuando, alejarse del suelo y ascender hasta vernos desde arriba, rodeados por nuestro entorno, como piezas del engranaje del que en realidad formamos parte .

Cuando en septiemb

re de 2015 la Cumbre para el Desarrollo Sostenible aprobó la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, los medios de comunicación se hicieron eco del hito y por unos días resonó en la sociedad una voz de optimismo y solidaridad. Los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) habían de poner fin a la pobreza, luchar contra la desigualdad y la injusticia y hacer frente al cambio climático. Se trata de un reto importante, global y a largo plazo, nos conmueve y estamos de acuerdo, pero lo percibimos como fuera de nuestro alcance y de nuestro campo de actuación. Nos alegraremos de que se alcancen los ODS y pediremos a nuestros gobernantes que se impliquen en ello.

Efectivamente, nosotros no podemos cambiar el mundo, pero siendo realistas, tampoco lo puede cambiar una gran empresa o un solo Estado. Los ODS son ambiciosos y requieren también nuestra colaboración.

Por fortuna, los principios que son válidos para el desarrollo sostenible a escala mundial también lo son para que nuestro negocio tenga un futuro más esperanzador. Aprovecha la hoja de ruta del planeta para definir la tuya. Si crees que no es urgente preocuparte por la igualdad en tu empresa, o medir y dar a conocer el impacto de tu actividad en el medio ambiente o en la sociedad, hoy estás un paso más alejado de lo que los demás esperan de ti. En cambio, si decides formar parte de la solución y no del problema, estás a tiempo de hacerlo,  de mejorar tu posición social y estratégica.

El proceso no es complejo, aunque sí requiere un poco de dedicación. Para ponerlo más sencillo, es muy útil la guía que han desarrollado el World Business Council for Sustainable Development (WBCSD), UN Global Compact y el Global Reporting Initiative (GRI).

Trabajo y diversión, ¿antagónicos o imprescindibles?

El 1 de abril se celebra, cada vez por parte de más adeptos, el día de la diversión en el trabajo. Hay quien piensa que se trata de una iniciativa un tanto snob, un capricho de multinacional tecnológica o simplemente una manera de perder el tiempo. Sin duda tiene algo de provocación, ya que desde aquel Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado en el Génesis 3:19, parece admitido que el sufrimiento es consustancial al trabajo y además lo es a perpetuidad, pero hay razones para, al menos, la reflexión.

Por fortuna, algo ha llovido desde que se redactara la Biblia y algo hemos aprendido sobre prevención de riesgos laborales y sobre productividad. La diversión en el trabajo es el epítome de una percepción del trabajo basada en el conocimiento del comportamiento humano y sustentada en valores empresariales de un presente con futuro.

Los beneficios de la diversión —sí, reir con ganas, carcajear, gozar de la hilaridad, cultivar el sentido del  humor— son tangibles, están estudiados, refrendados por investigaciones científicas. Está comprobado que ayuda a mejorar el clima laboral, ya que contribuye a cohesionar los equipos humanos, mejora la comunicación interna, favorece la creatividad y la innovación. En términos de prevención de riesgos laborales, aleja las patologías psicosociales, previene el estrés y da lugar a entornos de trabajo saludables. Es en última instancia una potente herramienta de productividad, mejora la motivación y se transmite a las relaciones con proveedores y clientes.

No es sin embargo el bálsamo de Fierabrás. Celebrar el día de la diversión en el trabajo tiene sentido y eficacia siempre y cuando los deberes estén hechos y sea una efemédide coherente. De poco sirve proponer a tu plantilla una sesión de risoterapia si es política de la casa tener contratos a tiempo parcial y jornadas más que completas; si tenemos un conflicto abierto por el agresivo estilo de mando de nuestro jefe de planta, no hagamos bormas encima. Ahora bien, si ya hemos transitado por la prevención de riesgos laborales, por los entornos de trabajo saludables o asumimos la responsabilidad social empresarial como parte de nuestra esencia, esta guinda puede aportar un impulso más hacia el futuro.

Los descreídos pueden pensar que se trata de un invento más,  pero estoy seguro que de aquí a cinco años las empresas que celebran el día de la diversión seguirán abiertas, mientras que quienes juegan a la lotería del abuso estarán fuera del mercado o el menos en el mismo fango que hoy. ¡Tú decides !

Coca-Cola es así

Ese era el estribillo de uno de los anuncios de la centenaria marca de refrescos, que se repetía machaconamente para incitarnos a tomar una Coca-Cola en cada momento y así ser felices. El argumento es sencillo, simple y quizás excesivo. Sería fabuloso que la ingesta de una bebida, muy refrescante, eso sí, nos proporcionara la placidez instantánea, “la chispa de la vida” nada menos. En fin, se trata de publicidad y por tanto todo es imaginable si se trata de llegar al alma del consumidor.

Lo cierto es que de una manera constante, a lo largo de décadas, Coca-Cola ha convivido con nosotros. Generación tras generación, la bebida de cola por excelencia (sobre todo en España) ha estado siempre en nuestras neveras, en nuestros bares y en nuestras fiestas. Es parte de nuestras vidas, está en nuestra cultura gastronómica y ostenta una posición de privilegio en el mercado como ninguna otra marca de bebidas.

Los consumidores sostenemos ese imperio y abonamos religiosamente el dinero que cuesta cada botella negra con su etiqueta roja. A cambio disfrutamos de su exclusivo sabor y recibimos nuestra porción de felicidad.

La marca, en concordancia con su imagen, ha desarrollado una política de sostenibilidad bien definida, asentada en los valores que transmite y lidera una serie de iniciativas que van más allá de lo obligado. Son defensores de los derechos humanos, participan en el Global Compact de Naciones Unidas y forman parte de la Labor and Employee Relations Network, tanto en EEUU como en Europa, entre otras organizaciones. Publican una memoria de sostenibilidad de acuerdo con GRI y se preocupan de que sus embotelladoras y socios comerciales participen de sus principios y los apliquen.

Hasta ahí todo bien. De una compañía como ésta se espera que sea ejemplar. Y hemos de decir que a lo largo de los años hemos podido percibir una razonable coherencia con el mensaje.

Ahora bien, el último episodio conocido a escala local (España es un puntito más en el mapamundi de Coca-Cola), nos tiene a todos despistados. ¿Será posible que, con la que está cayendo, cierren unas cuantas plantas sólo para mejorar su rentabilidad?.

Quizás los estrategas de la marca prevean la aparición de nuevos competidores en el mercado de las bebidas de cola, lo que les obliga a reducir costes de forma anticipada. Ya se sabe, más vale prevenir… Mi sensación desde luego no es esa.

Unas factorías que no han tenido ningún ejercicio con pérdidas se acogen a una medida drástica en un entorno económico y social más que complicado. El caso es que esta decisión es difícil de explicar a los consumidores. Coca-Cola es un poco como los estados, las iglesias, el movimiento olímpico o la Cruz Roja, un ente que excede con mucho la idea de una empresa, más si pensamos en nuestras características pymes. Es multinacional, multicultural, multiétnica y perenne en el tiempo, siempre está ahí con su sonrisa. Pero ahora se evidencia una falta de concordancia entre la imagen que proyecta y la realidad desnuda.

A mi modo de ver hay algunas razones para no compartir su decisión, entre otras:

  • Cerrar plantas embotelladoras y deshacerse de sus plantillas para concentrar la producción y optimizar el rendimiento económico es legal, pero sólo eso. El ir más allá propio de los principios que abandera parece que se ha esfumado por el camino.
  • Es difícil concebir que la compañía lleve a cabo programas voluntarios de apoyo a colectivos desfavorecidos al mismo tiempo que envía al desempleo a cientos de sus propios trabajadores en un país en el que el paro se ha convertido en una forma de exclusión social.
  • El beneficio económico (reducción de coste salarial menos pérdida de imagen) no compensa el coste social (desempleo directo e indirecto) y ambiental (los refrescos tendrán que recorrer largas distancias desde las factorías donde se producirán hasta los lugares de consumo) que se generará.

Por último, no debemos olvidar las tendencias en los hábitos de los consumidores, algo que seguro que conocen los responsables de la firma. Más allá de qué tipo de bebidas consumiremos (sus propias bebidas son su mayor competencia), hay otro factor que está evolucionando muy rápido. Según el cuarto informe El Ciudadano español y la Responsabilidad Corporativa, elaborado por la Fundación Adecco, en tan solo un año han pasado del 29,3% al 47% los consumidores que han dejado de comprar algún producto o servicio por vulnerar algún Derecho Fundamental o no ser respetuoso con el medio ambiente.

Espero que reconsideren su decisión y escuchen a dos de sus grupos de interés más cercanos: sus trabajadores y sus clientes. Rectificar es de sabios.

Ética para salir de la crisis

A estas alturas es de sobra conocido el origen y las causas de la crisis económica, así como la crudeza y hondura de las consecuencias sociales de la misma. Una de las pocas esperanzas que edulcora esta colectiva travesía del desierto es que bases sobre las que se asiente la recuperación impidan que la sociedad caiga de nuevo en un proceso tan devastador. Al igual que si de un proceso bélico se tratara, las víctimas necesitan el consuelo de creer que un mundo mejor es posible. Leer más